¿Qué consecuencias tienen los castigos?

Antes de empezar a hablarte de las (posibles) consecuencias de educar basándonos en los castigos, me gustaría que reflexionaras un momento.

Casi seguro que alguna vez te han castigado.

Intenta cerrar los ojos y vuelve a ese momento en que tu madre, padre, abuelo, tío o tía te castigó.

¿Puedes recordar qué pensamientos, emociones o sentimientos generó en tí ese castigo?

Enumera 3.

Mi caso: rabia, frustración, injusticia.

Me alegraría mucho que se te ocurriera alguna de las siguientes: reflexión, aprendizaje, respeto, comprensión, empatía. Y si se te ocurren, ¡genial! Pero normalmente, no surgen palabras positivas.

Para continuar, me gustaría que reflexionaras si realmente es útil castigar.

Piensa en una situación que te castigasen. ¿De verdad nunca se volvió a repetir esa conducta?

Cuando era adolescente me castigaron por beber acohol. ¿Creéis que volví a beber o que no?. Tengo un amigo al que le castigaron por suspender un examen. ¿Creéis que no volvió a suspender?. Tengo un familiar al que el policía ha multado por exceso de velocidad, ¿creéis que siempre respeta los límites de velocidad?

Pues os voy a contar que…

Me gusta mucho la cerveza, el vino y tomarme un «Gin» después de comilonas con amigos (aunque desde que me quedé embarazada, no he vuelto a beber).

Mi amigo repitió curso. Dos veces.

A mi familiar le llegó de nuevo una multa por velocidad. 

Eso sí. 

No llegué a casa nunca más oliendo a alcohol. 

Ese amigo aprobó el siguiente examen. 

Y delante de la policía o dónde sabe que hay radares, mi familiar respeta los límites de velocidad.

Pero entonces, si cuando nos castigan, la conducta que consideramos «inadecuada» no acostumbra a cambiar «para siempre»… ¿qué es lo que obtenemos de ellos?

Resultados a corto plazo pero no permanentes: la conducta «no adecuada» desaparece de inmediato. Pero al no desaparecer por una motivación intrínseca del niño, sino por evitar que un «tercero» le quite un privilegio… ¿Qué pasará si este tercero no está presente o ya no tiene el poder de imponer un castigo? Lo más seguro es que esa conducta inadecuada vuelva a aparecer. 

Pasividad: el niño basa su toma de decisiones en lo que su entorno considera adecuado y en base a lo que el adulto impone, no en lo que el valora que es adecuado. Con ello, impedimos que desarrolle su capacidad de reflexionar y decidir. Así que, poco a poco, se vuelve pasivo ante el entorno y espera que los demás le digan cómo debe actuar. 

Sumisión: pongamos por caso que tu hijo/a ya es mayor y organiza una comida para presentarte a su pareja. Y su pareja se pasa la comida diciéndole cómo debe actuar, cuánto debe comer, qué debe beber, qué debe decir, e incluso cómo debe pensar. Y tu hijo/a en vez de decidir por si mismo, acata las pautas de su pareja, ¿te sentirías molesto o preocupado por su bienestar? Seguramente, sí. Seguramente, no te haría ni puñetera gracia que alguien tenga ese poder «dominante» sobre tu hijo. Pues con los castigos pueden aprender precisamente esto. Que un tercero tiene derecho a mandar en su vida. 

Barreras en la comunicación: si un niño sabe que cuando actúa «mal» va a obtener una consecuencia negativa, intentará evitar relacionarse con la figura de autoridad u ocultarle por todos los medios su acción. Así pues, en lugar de acudir a un padre para consejo o ayuda, acudirá a un amigo, que no siempre ofrecerá el soporte más recomendable. 

Dificultades de adaptación : el niño normalizará que él puede ejercer poder sobre los más débiles y que los más fuertes pueden ejercer poder sobre él. Entenderá que las relaciones se basan en someter al otro, en lugar de en la cooperación y que tener el poder implica tener la razón. Aceptan que «quien bien te quiere te hará llorar». 

Rebeldía y venganza: una educación que se basa en los castigos e imposiciones, genera relaciones basadas en el miedo, en lugar de en el respeto mutuo. El niño castigado se siente incomprendido, siente que no se le tiene en cuenta y que no se le escucha. Y eso genera mucha rabia. De hecho, muchos castigos no se harían efectivos si se hablase con él para conocer el motivo de su conducta y lo escucháramos de manera activa y con empatía.
Cada castigo suma un poco más en esta acumulación de rabia y llega un día en que, cuando son suficientemente independientes y un adulto ya no puede ejercer ese poder autoritario sobre él, la acumulación de ira puede explotar. Y explota en forma de rebeldía y de querer una revancha. Necesitan reafirmarse y, a veces y de manera inconsciente, demostrar que ya no pueden mandarle. Han aprendido que las relaciones se basan en que el fuerte somete al débil y él no quiere ser el débil de la casa. 

Baja autoestima: castigar al niño por lo que piensa, por sus decisiones, emociones y acciones genera un sentimiento de incapacidad, inseguridad en uno mismo e inferioridad que terminan haciendo mella en su autoconcepto. Plantéate si en tu trabajo, cada decisión que tomases fuera criticada o penalizada por tu jefe haciéndote hacer horas extra ¿Cómo te sentirías? Seguramente, acabarías sintiendo que no encajas en ese trabajo, que no aportas nada bueno a la empresa. Pues lo mismo sucede con el niño, pero aún peor, porque recibe esos sentimientos de invalidez de sus padres, las personas de las que debería recibir amor incondicional.

Adultos sin criterio propio: un niño que se acostumbra a hacer lo que se le dice sin cuestionar, se le dificulta la posibilidad de desarrollar criterio propio. Será incapaz de hacerse responsable de sus acciones. No podrá actuar en función de sus intereses, principios y valores, sino sus actos serán en función de las consecuencias externas que le imponga su entorno.

Adultos con tendencia a la ira y a la depresión: normalmente, una mala conducta de un niño es solo es la punta del iceberg. Detrás de una mala conducta se esconde una emoción que puede ser difícil de gestionar para él. Si nosotros, en lugar de acompañar y comprender en esa emoción, lo que hacemos es cortarla de raíz con un castigo (por ejemplo, castigarle por una rabieta), lo que estamos haciendo es impedir que aprendan a autorregular estas emociones. De modo que, al crecer se sentirán indefensos ante las mismas y no sabrán manejarlas. Se sentirán desbordados y descontrolados. Y de ahí pueden surgir problemas de control de la ira, agresividad o depresión.

¡No me malinterpretéis!

No quiero decir que si a ti te han castigado seas una persona sumisa, pasiva y desconfiada o descontrolada (podría entrar aquí en hablaros de las bases genéticas y las influencias ambientales, pero estaríamos un buen rato).

Lo que quiero decir es que si estamos viendo que un castigo solo ejerce modificaciones en la acción pero no en el origen que ha llevado al niño a realizarla y, sin embargo, existe riesgo de que se den consecuencias negativas en el desarrollo de la personalidad…

¿Por qué no probamos con otros modos de educar?

Próximamente colgaré un post sobre las herramientas que tiene la disciplina positiva para manejar los límites sin castigos o premios. Pero si queréis ir empezando, el truco está en tratar al niño como os gustaría que os tratasen a vosotros. 

¿Hacemos un nuevo ejercicio para ver, de manera práctica, qué es lo que os quiero decir?

Plantéate que llegas a casa de trabajar. Es un día de lluvia y llegas muy mojado. Es la hora de cenar y X (tu pareja, compañero de piso, madre, padre… con quien sea que vives) te recibe muy tenso/a porque en todo el día no ha parado de hacer cosas y está extremadamente cansado/a:

-«Estoy muy cansado/a, no he parado de hacer cosas en todo el día y aún tengo que acabar de preparar la cena. No puedo más hoy». 

Así que tú, con toda tu buena fe, te quitas los zapatos y la ropa de calle.

Para no mojar todo el suelo e ir lo más rápido posible, decides dejarla en un lado del pasillo y ya la tenderás luego. Así puedes ir más rápido a ponerte un chándal y a preparar la mesa. Así X podrá descansar. 

Vas a la cocina… 

Coges los platos…

Te diriges a la mesa…

Pero por el camino, tienes la mala suerte que te resbalas con la ropa que has dejado en el pasillo. 

Y se te caen los platos al suelo. Y se te rompen. 

Propongo que analices tus sentimientos ante dos maneras de reaccionar de X: 

Frase 1: – Es que nunca tienes cuidado. Has llegado, te has puesto cómodo y vas como los burros, sin fijarte en nada. ¡Y encima dejas todo ese montón de ropa ahí tirado en medio del pasillo! Estoy tan enfadado/a que mañana, que íbamos a ir al cine, ya no vamos a ir y vas a quedarte en casa limpiándola entera.

¿Qué piensas de esa reacción?
¿Por qué X te habla así, si tú solo querías ayudar?
¿Quién se cree X que es para obligarte a quedarte en casa limpiando?¿Querrás volver a ayudar a X?
¿Qué sentimientos aflorarán en ti hacia X?
¿Crees que tu atención se dirigirá más hacia la rabia de su incomprensión o en intentar no dejar más la ropa en medio del pasillo (aunque al principio te pareciese una buena idea)?

Frase 2: -¡¿Te has hecho daño?¡Sé que estabas intentando ayudarme y te lo agradezco mucho!, ¡Venga, que te ayudo a recoger! Puede ser peligroso dejar cosas en medio del paso porque podrías haberte hecho daño.¿La próxima vez, podrías intentar dejar la ropa en la galería? 

¿Qué reacción va a causar en ti esta segunda frase?
¿Qué crees que es lo más importante para X, los platos, la ropa o tu bienestar?
¿Tus emociones se centrarán en la actitud de X o en intentar que no se repita aquello en lo que te has equivocado?
¿Querrás aprender de lo que has fallado para ser más cooperador en casa o querrás perder de vista a X?

Si a nosotros nos gusta que nos traten como en la segunda frase, ¿por qué deberíamos tratar a los niños como en la primera?

Y para ir concluyendo el post de hoy, os dejo una frase que leí en internet y que dice así:

«Un día tu hijo meterá la pata. Si ese día corre hacia ti en lugar de huir de ti, entenderás el valor de la disciplina positiva«. 

¡Muchos besos de esquimal!

Silvia. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *