No llores, no ha sido nada

El otro día Sofía se cayó de lado mientras estaba sentada jugando con sus sonajeros.

Y lloró.

Sofía un poco enfadada

Fui a cogerla y abrazarla (hasta aquí todo bien) y luego le dije «no ha sido nada, ya está, no llores más». Luego me quedé pensando. ¿Cómo que no ha sido nada? ¡Pero si se ha caído! Seguramente no se lo esperaba y se ha asustado, y posiblemente se habrá hecho un poco de daño. ¿Por qué le digo que no pasa nada cuando sí le ha pasado?

Consolando a Sofía

Cuando vemos a un niño llorar o con una rabieta (me gusta más llamarla «desborde emocional», pero es un poco largo), los adultos tendemos a restarle importancia a la causa del lloro diciéndole cosas tipo «no pasa nada», «no llores», «llorar es de bebés», «levántate, que no ha sido nada», «te dije que te ibas a hacer daño», «¡uh!, que feo te pones cuando lloras». 

Son frases que se dicen con la mejor de las intenciones, para quitarle hierro a lo que está haciendo sufrir al niño, para hacer que deje de experimentar esa emoción. Pero lo que está aprendiendo en realidad, es que las emociones que crean un malestar deben esconderse, reprimirse. Pero es que es lógico que si el niño se ha caído y se ha dado un susto, llore. No digo que nosotros tengamos que ir corriendo a socorrerlo como si fuésemos «Los vigilantes de la playa», si lo que se ha hecho es un rasguño. Pero podemos intentar cambiar el «no ha sido nada» por un «¿estás bien?¿te puedo ayudar?».

Las emociones son necesarias, tanto las que consideramos negativas como las positivas. Pero parece que las emociones «negativas», a pesar de tener su función (la mar de útil, por cierto), no deban ser manifestadas porque no son aceptadas. ¿Sabes por qué no son aceptadas? Porque las emociones son contagiosas. Cuando vemos a nuestro hijo llorar, nos ponemos en su piel, se nos contagia el sentimiento negativo, es como si nosotros mismos lo sintiéramos y por eso nos causa rechazo, e intentamos que no sufra. 

Pero, ¿qué tiene de malo dejarle sentir? Si no permitimos que se asuste, que esté triste o que se enfade, va a ser imposible que aprenda a gestionar esa emoción. Sin oportunidades dónde se manifieste la rabia, nunca podrá aprender a canalizarla. 

¿Qué podemos hacer entonces? Acompañarlo en la emoción sin prohibirle que la sienta. Ayudarle a que fluya y que, poco a poco, aprenda cómo gestionarla. Cuando experimenta una emoción difícil de gestionar, puedes ayudarle con los siguientes tips: 

  1. Pregúntale «¿qué sientes?¿dónde lo sientes?» y ayúdale a que pueda expresarlo con palabras. Tal vez llora porque se ha hecho daño, o porque al caerse se ha asustado, porque siente rabia de no poderse atar los cordones de los zapatos. Es bueno que el niño explore si siente un nudo en el estómago, si siente calor…
  2. Hazle saber que entiendes su emoción, que empatizas con él. Tú también has sentido rabia, tristeza, te has asustado o te has hecho daño y puedes entenderlo. 
  3. Hazle saber que estás a su lado para, si él quiere, ayudarlo. Enséñale que tienes todo el tiempo del mundo para que pueda contar contigo, sin prisa.

Y ya está. No hay más. No es complicado, pero tenemos tan interiorizado el que «no debemos llorar», que a veces es difícil que no nos salga de manera espontánea. 

¡Oye!¡Que si no tienes hijos, sobrinos o niños pequeños a tu alrededor, puedes aplicar igualmente estos consejos con adultos! Por ejemplo, cuando tienes un amigo que está triste porque lo ha dejado su pareja, tendemos a decirle «no pasa nada, no estés triste, Menganito no valía la pena, seguro que encontrarás a otro». Pues en ese momento, esta persona no quiere encontrar a otra, quiere a la que tenía y encima se sentirá juzgado por la elección de pareja que había realizado. Así que no, decirle que no debe sentir tristeza, no va a ser demasiado útil. Sin embargo, podemos acompañarlo en su emoción y validarla. Podemos decirle «te entiendo, debes de sentirte muy triste, si necesitas hablar, puedes contar conmigo». Seguro que saber que puede contar contigo para desahogarse y no lo vas a juzgar por estar con una persona «que no valía la pena» lo va a agradecer mucho más. 

Cada uno tiene su manera de gestionar y procesar las emociones y a cada persona, un hecho le afecta de diferentes maneras. Puede ser que un amigo que ha vivido una separación se sienta liberado y feliz pero que otro esté triste y hundido. Y ambas emociones son correctas y deben ser respetadas. Lo mismo sucede con los niños. Es normal que para un niño, su mayor frustración sea que se le ha roto su juguete. Para él es un problema muy grande. ¡No le restes importancia a la emoción que experimenta si eso sucede! Siendo un niño, no tiene otras preocupaciones como pagar el alquiler, cumplir unos objetivos en el trabajo o arreglar el coche. Tiene preocupaciones lógicas para su edad, y debemos respetarlas aunque a nosotros nos parezcan nimiedades. 

Me gustaría, para ir terminando, hacer mención en la importancia de mostrar a nuestros hijos cómo  nosotros gestionamos las emociones. No podemos esperar que exprese la frustración con calma y con palabras, si nosotros estallamos de rabia y pegamos un grito. Nuestros hijos no van a hacer lo que les digamos que hagan sino lo que vean que nosotros hacemos. Así que, si quieres que tu hijo tenga una conducta, empieza por hacerla TÚ. 

Nuestros hijos hacen más lo que ven que lo que les decimos

Aprovechemos cada situación en que experimentamos emociones difíciles de gestionar para seguir aprendiendo a aceptarlas y canalizarlas de la manera más asertiva y respetuosa. 

¡Muchos besos de esquimal!

Silvia. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *